
La flor
Después de las primeras lluvias, las flores blancas se abren a lo largo de cada rama y perfuman los tablones por unos pocos días al año. Cada flor es una cereza futura.
Fundada en 1872 · Quezaltepeque, El Salvador
Finca Colombia es una finca familiar en las faldas del volcán de San Salvador, donde cada cereza se corta a mano, se escoge en el campo y se saca de la misma manera desde hace más de 150 años.
Bajo sombra. Cortado a mano. Desde 1872. Un médico de Medellín sembró café en estas laderas y le puso a la finca el nombre del país que dejó atrás. Una erupción volcánica y siglo y medio después, la misma tierra sigue en café, y la cosecha sigue pasando por las manos.
Nuestra Historia
Finca Colombia está en Quezaltepeque, La Libertad, en las faldas norte del volcán de San Salvador, donde el café crece a más de 900 metros sobre el mar, subiendo hacia el cráter de El Boquerón. La finca nació dentro de las tierras cafetaleras del Dr. Emilio Álvarez Lalinde, un médico de Medellín que llegó a El Salvador en 1872 y es recordado como el padre de la cirugía salvadoreña.
Con nostalgia de Antioquia, la familia escribió su viejo país sobre el nuevo paisaje: fincas llamadas Colombia, Antioquía, Bolívar y Miranda, y un río rebautizado Río Claro porque les recordaba a Manizales. Esta finca conserva el nombre, y la familia conserva la finca: setenta manzanas, unas 49 hectáreas, en dieciséis tablones, todavía parte de las tierras Álvarez y todavía trabajadas junto a sus descendientes.
Recorra 150 añosDesde 1872
El Dr. Emilio Álvarez Lalinde, un joven médico de Medellín, desembarca en El Salvador. En dos décadas reúne más de 2,000 hectáreas de café en Quezaltepeque, entre ellas una finca que nombra Colombia, por el país que dejó atrás.
Su hermano Rafael llega desde Manizales tras un mes de viaje en carreta, río y mar, y toma las riendas de Colombia y Santa Isabel. En agosto de ese año nace María, su hija, en la finca.
Los hermanos instalan el primer despulpador de café movido por agua en El Salvador y abren el camino del beneficiado húmedo en el país. En pocos años, las máquinas lavan, secan y empacan café de exportación en las fincas de la familia.
La noche de Corpus Christi, el volcán de San Salvador hace erupción. Los terremotos derriban casas en Quezaltepeque y la lava se enfría en los pedregales de El Playón, a minutos de los portones de la finca. La finca resiste.
María Álvarez de Guillén, nacida en esta finca, publica La Hija de Casa, la primera novela publicada por una mujer en El Salvador. Sufragista y miembro fundadora de la Comisión Interamericana de Mujeres, trabaja en el café toda su vida y más tarde publica un libro de poemas llamado El pregón del café.
La misma tierra sigue en café. Cada año entran arbolitos nuevos, el suelo se estudia tablón por tablón, y cada cosecha sigue pasando a mano por los dieciséis tablones de la finca.
Bajo el dosel
Nuestro café madura despacio bajo un dosel vivo que abriga a los pájaros, construye el suelo y da profundidad a la taza. Algunos de estos árboles de sombra llevan sobre los tablones más tiempo del que nadie recuerda.
El Café
Cada lote sigue el mismo camino lento: flores blancas en la estación seca, cerezas de un rojo profundo en la cosecha y granos verdes y densos listos para el tostador.

Después de las primeras lluvias, las flores blancas se abren a lo largo de cada rama y perfuman los tablones por unos pocos días al año. Cada flor es una cereza futura.

Las cerezas de Borbón y Pacas maduran despacio bajo la sombra, y esa lentitud es el punto: más tiempo en la rama es más dulzura en la taza. Los cortadores pasan varias veces por el mismo árbol, llevándose solo lo que está bien rojo.

Granos verdes y densos, criados en viejo suelo volcánico al paso lento de la altura. De aquí van al beneficio, al tostador y por fin a la taza.
La Cosecha
Ninguna máquina toca esta ladera. La cosecha corre de noviembre a marzo, con su punto más alto en enero y febrero, y avanza al paso de manos cuidadosas: del árbol al canasto, del canasto a la báscula y de la báscula al pueblo.

De la rama solo sale la cereza madura. Los cortadores vuelven a pasar por el mismo árbol a medida que el resto madura.

Hojas, tallos y fruto verde se apartan en el campo, para que al beneficio solo viaje cereza limpia.

La cosecha de cada cortador se pesa y se apunta en el cuaderno, a la antigua, saco por saco.

Los sacos salen la misma tarde para que la fruta llegue fresca al beneficio.
Un quintal son 100 libras. Se necesitan unas cinco libras de cereza madura para lograr una libra de café oro de exportación, y cada una de esas libras se cortó a mano.
La recompensa
Más que café
El cacao, el plátano, los cítricos y la madera comparten estas lomas con el café, como se veían las fincas salvadoreñas mucho antes del monocultivo. La mezcla alimenta a las familias que trabajan aquí, abriga el suelo y mantiene viva la tierra entre cosechas.
Cuidar árboles viejos es sembrar árboles nuevos. Cada año entra café joven a la tierra y el suelo de cada tablón se estudia y se alimenta, para que los próximos 150 años tengan la misma oportunidad que los primeros 150.
La Renovación
Una finca que ha durado 150 años siembra para los próximos 150. Estación tras estación, árboles jóvenes entran a los tablones junto a los viejos Borbón y Pacas.
Miles de arbolitos llegan en camión y entran a la tierra a mano, cada uno en su cajuela de suelo removido y alimentado desde el primer día.
Galería
Visítenos
Recibimos visitas en la finca en Quezaltepeque, a treinta minutos de San Salvador. Camine los tablones bajo los viejos árboles de sombra y pruebe lo que esta tierra cultiva desde 1872. Venga entre noviembre y marzo, mejor aún en enero o febrero, para ver la cosecha en plena marcha.
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